Allá por las primeras décadas del siglo XIX se repesentaba en Francia La Tentación de San Antonio de manera itinerante. El espectáculo de marionetas comenzaba con el santo en la Tebaida, en oración, mientras que su compañero, el cerdo, dormía plácidamente. Aparecía Satán y comenzaba el diálogo; el príncipe de las tinieblas llamaba al Infierno y acudía en su ayuda una nube de diablillos a hostigar a San Antonio y a su cerdo. El pobre ermitaño gemía, pero los diablos no escuchaban sus súplicas y querían arrastrarle a su aquelarre; y para colmo de males le quitaban a su compañero. Cuentan las crónicas que, en este momento, los espectadores se unían a las súplicas de Antonio.
Más tarde reaparecía Satán, blandiendo la horca, amenazante, vomitando llamas. Pero Dios Padre, todo de blanco, surgía de una nube de estopa, y con gesto imperioso arrojaba al infierno a los demonios, que amenazaban con destruir la choza del ermitaño. Entonces, el santo se sumía en la adoración del Todopoderoso.

Gustave Flaubert asistió a esto de muy joven, y fue la más temprana y perdurable inspiración para su obra homónima. En ella una tribu de fanáticos africanos conocidos como Circonceliones braman:
¡Nosotros, los santos, para precipitar el fin del mundo, envenenamos, masacramos, incendiamos!
No hay salvación más que en el martirio. Nos arrancamos con tenazas la piel de nuestras cabezas, extendemos nuestros miembros debajo de los arados, nos arrojamos en la boca de los hornos.
¡Condena al Bautismo! ¡Condena a la Eucaristía! ¡Condena al matrimonio! ¡Condena universal!
Otro personaje carismático es El Buda, y Se expresa así:
Me faltaba la tentación del Diablo.
Lo llamé.
Acudieron sus hijos, horrorosos, cubiertos de escamas, nauseabundos como montones de cadáveres, aullando, silbando, bramando, entrechocando sus armaduras con huesos de muertos. Algunos lanzaban llamas por las narices, otros dejaban todo a oscuras con sus alas, otros llevaban rosarios de dedos cortados, otros bebían veneno de serpiente en los huecos de sus manos; tenían cabezas de cerdo, de rinoceronte o de sapo, todo tipo de rostros que inspiraban repugnancia y terror.
Así, tras la asistencia a lo que a priori era un didáctico y moralizante espectáculo juvenil, el futuro autor de Madame Bovary escribió la que calificó como la obra de su vida. Es cierto que más tarde se nutriría del archiconocido cuadro de Brueghel o de los escritos de Goethe y Espinoza, pero la llama se prendió en este primer pase, en un teatrucho móvil concebido para sacar cuatro perras al crédulo público rural de la época.
Y es cierto, el que aquí subscribe en este recóndito diario recuerda los primeros visionados de ciertas películas o sus primeros cuentos leídos mucho más vivamente que influencias posteriores. Hagan un favor a la Humanidad y, si tienen hijos, pónganles a ver El Cuentacuentos. O, qué sé yo, algo moderno pero igualmente válido (¿Lo hay?). Generen pequeños monstruillos impresionables y crearán genios en potencia. Además, en el país de los ciegos…