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Archivo de Mayo, 2004

Disección

27 de Mayo de 2004

No tuve más remedio que abrirla en canal. Esa maldita rana había engullido el único elixir-antídoto que podía parar mis transformaciones a medianoche…

Autómatas Inc.

17 de Mayo de 2004

¿Cómo? ¿Que qué hice la semana pasada? Bueno, verás… precisamente de eso quería hablarte. Finalmente llevé a cabo aquella idea de la hipnosis y… Bueno, antes sírveme más de ese delicioso ron. ¿De dónde dices que era? Ah, sí, de Haití. Ya, ya, ya me hablaste de tus trabajadores. Sí, todo un chollo: obedientes, apenas comen o duermen… Pero, ¿qué hay de esos extraños brotes de psicosis? Sí, ya sabes, las escapadas nocturnas y esa divertida afición por derramar sangre, jeje. Claro, el ritual fue realizado impecablemente, incluso con aquellos extraños tambores (en un CD de fondo, los tiempos cambian amigo). El caso es que nada más llegar a la ciudad puse en práctica mi negocio ambulante. Sí, el del circo. El plan era sencillo: me hacía con una bonita modelo y utilizaba tus ungüentos y viles técnicas sobre ella. Luego vendría lo de montar el stand con aquella gente tan participativa. Sí, los del Circo Horreur. Los trucos de mentalismo encandilaron a todos los que por allí pasaron y cada día apenas podía atender a las demandas por problemas de aforo. ¡Jaja, aquéllos sí que fueron buenos tiempos, cuánto dinero junto! Pero después… (Espera, dame otro trago. Te lo compensaré algún día, ya me conoces, jeje) Después vinieron los asesinatos y las pesadillas. Una noche de insomnio escuché sus erráticas pisadas saliendo de la tienda. La seguí con cautela hasta aquel maloliente callejón y vi cómo ella… ella… ¡agh! No puedo relatarlo. Pero tampoco podía dejar el negocio. Ya sabes cómo es esto, jeje. Intenté amonestarla y mesmerizarla de nuevo, pero sólo conseguí acelerar el ciclo de asesinatos.

… Y finalmente nos descubrieron. Esta instantánea la sacó aquella maldita fotógrafa. Se hace llamar taiwana . Añádela a tu lista negra, haz el favor.

Bueno, así que ya sabes: todos estos malditos potingues no sirvieron para nada y yo te remuneré como es debido (o casi, sólo me faltaban algunas monedillas, jeje). ¡Así que te exijo que me devuelvas lo que te di en su día! ¿Cómo, que me vaya a dónde? ¡Ven acá, miserable, vas a saber quién es el Barón! ¡AGH! ¿Qué haces? ¡NO, A MÍ NO!

¿Cónseguirá nuestro héroe salir de ésta? No se pierdan el próximo capítulo de El Barón Morguenstein, aventuras para toda la familia.

De títulos nobiliarios

10 de Mayo de 2004

BARÓN, NESA n. (probabl. del germ. baro, hombre libre). Título de dignidad cuya importancia en la jerarquía nobiliaria varía en los diversos países. (En España sigue al de vizconde.)

Por debajo del vizconde, señores. ¿Pero esto qué es? ¿Qué se imaginan uds. al pensar en un vizconde? Pues a un tipo estirado, ultraconservador, probablemente amanerado y un montón de apelativos desagradables aplicables a toda una clase nobiliaria obsoleta que pugna por que el ciudadano de a pie tome en consideración. Un quiero y no puedo puesto que el prefijo “viz” le impide alcanzar las cotas de respetabilidad atribuibles al conde, lo que acrecenta su frustración y mala baba. Probablemente le pegue a la vizcondesa.

Después de todo, y tras sopesar la situación, no está tan mal que el barón esté por debajo. Es más, le dota de ese aire canallesco y crápula que algunos tanto valoramos; es uno de los más tirados (si no el más) de los títulos otorgados por las distintas majestades, muy poco por encima del hidalgo. Además, ya sea por las referencias literárias o folklóricas, se lo asocia un poco más a modernidad, pero en su justa medida. Nada de tricornios, rostros enpolvados ni ademanes cuasi-horteras; un buen barón llevará una chistera y una levita, todo ello raído y ajironado. También se podrá observar los restos de tierra mojada en sus botines y esto es, os contaré un secreto, porque se ha visto obligado a abandonar su morada a horas intempestivas, desafiando a los elementos para desenterrar a sus antepasados y así hacerse con los pocos objetos de valor que se llevasen con ellos a la sepultura. A la mañana siguiente correrá a la casa de empeños a ver qué puede negociar con el dueño, con los dientes de oro encima del mostrador. Insultos, patadas al mobiliario, gesticulaciones… todo para sacar unas cuantas piezas de la moneda en curso.

Probablemente también frecuente una sociedad secreta. Recabará conocimientos en un ámbito ocultista que le valerán los apelativos de temible y espantoso en la comunidad. Los niños murmurarán a su paso, le arrojarán algún objeto contundente que impacte cerca de su posición, pero el barón se hará respetar momentáneamente a base de bastonazos y odiosas palabras que los chiquillos no entenderán pero les sonará igualmente mal habiendo sido pronunciadas con esa entonación gangosa y aguardientil. Quizá escriba un libro, un tratado sobre algo absurdo, la plasmación de numerosos delirios inconexos que nadie comprará en su día pero que años después de su muerte será visto como un alegato reivindicativo de innegable vigencia.

Y morirá solo. Un día el casero, harto de tantas deudas y promesas de pago derribará la puerta principal de la mohosa mansión y, guiado por el mal olor y unos espantosos presentimientos, lo econtrará tumbado en su catre, vestido con sus mejores galas y las manos entrelazadas sobre su pecho. Es entonces cuando invadido por un una sensación de nostalgia y falsa justicia se quite el sombrero y murmure: “al fin y al cabo era un gran hombre”. Acto seguido le despojará de anillos y colgantes. A su entierro sólo acudirán cuatro acólitos del pub que frecuentaba, entonarán alguna desafinada y estridente tonadilla en honor a su amigo (alguno de ellos resbalará y caerá a la fosa, sobre el ataúd, rompiéndose una articulación); otros tantos dementes de la Sociedad, tratando de introducir extraños potingues y símbolos en la caja de pino con objeto de conseguir su resucitación (lo conseguirán, pero con consecuencias nefastas); y su viejo y desaliñado perro, que morirá junto a la lápida de su amo, cuyo epitafio será “¿Y tú qué miras?”…

Ejem, creo que me he perdido en divagaciones y no he llegado al final de mi clase acerca de estamentos nobiliarios. A veces me pasa pero, qué demonios, los piscis tenemos derecho a ello.