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Jueves Negro en Madrid

And this sick sick city is never gonna make me insane.

Blues for a gun, The Jesus & Mary Chain

Hay días en que mi propia morada se me antoja un tanto puñetera. Siento como si ejerciese una fuerza succionadora que anula mi voluntad y creatividad, a pesar de contar con los suficientes medios dentro de ella como para que esto no ocurra. Es un impulso primario de salir a las calles y deambular. Este pasado jueves fue una de esas ocasiones y aquí va esta entrada, con el fin de que la noctámbula y solitaria expedición perdure en en recuerdo.

Jueves Negro en Madrid

Esta escapada, naturalmente, tenía también como objetivo cierto deleite a través de cualquier medio; ya sea un poco de música, un buen libro o una peliculilla en condiciones. Había estado leyendo ese mismo día acerca de un ciclo spaguetti-western en la Filmoteca (Cine Doré) y no dudé ni un solo instante en ir como un campeón a tragarme Django, una bestialidad casi surrealista de las que sólo los italianos eran capaces. Prometía.

Paseando rumbo a Atocha a través del parque del Retiro fui escuchando unas tonadillas que esta rata aristocrática consideró adecuadas para esas horas crepusculares; anacronismos envolventes y repletos de misterio de la talla de The Great Grandfather, del incomparable Bo Diddley.

Picked his teeth with a huntin’ knife
He wore the same suit all-a his life
Oh-oh

Es fabuloso cuando con los sentidos aguzados y rastreando el entorno, acompañado de un buen temazo de banda sonora, mi ciudad de residencia, de la que he acabado hastiado, recobra por unos minutos la fascinación que ejercía sobre mí tiempo atrás, cuando aún no había habido tiempo de asociarla a nada. El típico piscis, que diría cierto anuncio de mierda.

Crimen en el Jazz BarTras comprar mi entrada en la desvencijada taquilla del Doré me dirigí a hacer tiempo (aún quedaba alrededor de hora y media para que comenzase la película) al Jazz Bar, donde estaban poniendo un concierto de Ella Fidgerald y el camarero preparaba unos inmensos cócteles llameantes a tres yanquis de mediana edad, obesos, afables y con cierta devoción por las canciones de la citada señora. Wonderful!, gorgeous! exclamaba intermitentemente el entrañable trío. Como podrán ustedes imaginar, era el perfecto escenario para acomodarse en un apartado rincón, pedir una Budweisser, liarse un buen cigarro Amsterdamer y sacar el libro de marras: Los mejores cuentos policiales, una bestial antología del inseparable combo Borges-Bioy Casares.

Tras acabar con un estupendo embrollo tropical llamado Tres hombres muertos (Eden Phillpots), le llegó el turno a Una salita cerca de la calle Edgware, de Graham Greene. Sólo con años y años de insistencia y permanencia en ciertos géneros desarrolla uno la capacidad de discernir automáticamente lo que es realmente sobresaliente, y conoce correcto uso de una serie de resortes inherentes a esa clase de literatura. Este era uno de esos casos: misterio, suspense, terror… llevados al límite en uno de los relatos más acongojantes que había leído en mucho tiempo. Y para colmo cuenta con un protagonista con un día terrible a cuestas y amargado con su entorno, que una noche decide refugiarse en un cine barato a ver una vieja película. ¿Les suena? Afortunadamente yo no me topé con la brutal y demente escena sangrienta del relato, ni con un compañero de butaca tan… inquietante, jeje. Parece mentira que el famoso autor de El Americano Impasible también escribiese esto:

“¿Por qué tiene que sucederme esto a mí? ¿Por qué a mí?”. Volvió a penetrar en el horror de su sueño; la escuálida y oscura calle era uno de los innumerables túneles que comunicaban las tumbas donde los cuerpos imperecederos yacían.

“Fue un sueño”, se dijo, y al apoyarse en la pared vio en el espejo, arriba del teléfono, su propia cara rociada por diminutas gotitas de sangre, como el rocío de un perfumero. Comenzó a gritar.

Una pequeña multitud comenzó a reunirse, y pronto acudió un policía.

Django

La hora llegó y volví al cine dándole vueltas al escabroso relatillo, con el tiempo suficiente para poder escoger una butaca en la fila siete, junto al pasillo. La sucesión de barrabasadas e incongruencias de aires arty a la italiana me entretuvo de lo lindo. Los elementos: forajido de procedencia ignota permanentemente arrastrando un ataúd por las desérticas colinas (Almería, naturalmente), miembros encapuchados de un primerizo Ku Kux Klan, mexicanos revolucionarios más simpáticos pero igualmente unos cabronazos… A destacar el tiroteo final en el cementerio y la impagable canción de los créditos, como si un Tom Jones de segunda y en un lamentable estado de ebriedad cantase las virtudes de este inefable pistolero: Django!!

De vuelta a casa aún me entretuve a hacer alguna instantánea de las calles madrileñas, bastante más animado por el gratificante plan que llegaba a su fin y por que ya se empiezan a notar los primeros mordiscos del frío otoñal en esta maldita ciudad.

Madrid de noche

Y llegados a este punto, queridos lectores, reivindico la soledad y la abstracción y divagación unipersonal en según qué noches y momentos. Yo desde luego lo llevo practicando encantado de un tiempo a aquí, y no precisamente por necesidad al carecer de relaciones sociales, que dista de ser el caso. Así que ya saben; es probable que me encuentren con mis enseres en cualquier tasca de mala muerte o en el café más glamouroso de la capital del Reino. Espero que si deciden acercarse a mí tengan una buena historia que contar.

7 Comentarios en “Jueves Negro en Madrid”

  1. Vacuii dice:

    Pues me vas a disculpar, pero no sé qué tiene de negro ese jueves tan fantástico, en compañía de sí mismo, un libro, y una buena pelicula bizarra. Encima está empezando a hacer frío, y aunque sea pronto para los abrigos y las bufandas, ya podemos llevar botas y chaquetas sin temor a licuarnos. Ya quisiera yo montarme un plan tan bueno sin necesidad de compañía. Ah, la capital y sus ventajas, aunque no sepáis verlas, ingratos.

  2. Mortimer Rata dice:

    Jaja, si no fue negro por eso. Quizá por el libro criminal-policíaco, la Fidgeral, esa música sinuosa de Bo Diddley… Vale, el western se aleja de ese concepto, eso sí te lo concedo.

    Nada que ver con el Jueves negro del desplome de la bolsa allá por el año 29.

  3. Ferio dice:

    A mí también me dan puntos semejantes de vez en cuando. Sin ir más lejos, el pasado domingo 24 tuve cierto encontronazo con mi madre y mi única válvula de escape fue irme, campo a través, hasta la población de al lado. Tuve que bordear campos de tiro del ejército y cementerios, atravesar maizales desbrozados, saltar coches incendiados, vías de tren, vallas y pozos, y cruzar autopistas corriendo para luego seguir andando por arcenes. Por supuesto, todo quedó recompensado al llegar al infausto y puramente neoconservador centro comercial con el que empieza el siguiente término municipal.

    Eso sí, los 40 minutos de espera para el autobús de vuelta fueron un bajón importante; con el mosqueo me olvidé de llevarme el libro que estaba leyendo, y me vi obligado a entablar conversación con un ente alienado por el reggaetón. Pero ésa es otra historia que será contada otro día.

  4. TheXIIIHour dice:

    Uno de los mejores planes que desde hacía algún tiempo no recordaba y que de nuevo se ha convertido en una agradable rutina, y la mejor forma para evadirte de la realidad y perderte en un sinfín de pensamientos.

    Por alguna extraña razón me fascina coger un autobús sin un rumbo en concreto y ver pasear a las gentes por las calles, intentar averiguar que es lo que les mueve en ese momento y que pasa por sus cabezas para olvidar por un instante lo que pasa por la mía, hasta llegar a alguna parada de desconocido atractivo. La sensación de no saber donde me perderé me resulta curiosa. Finalmente retomo de nuevo el trayecto andando hacia el punto de partida, con escala en la mayoría de las veces en algún sitio de agradable café. (por suerte esta ciudad no es especialmente grande…)
    Ciertamente la capital tiene sus ventajas en cuanto a la oferta de actos culturales.

    La put*** es cuando se funde la batería del mp3…

  5. keitaro0 dice:

    Un plan la mar de interesante que a mi, de vez en cuando, tambien me da por realizar. No hay nada como un buen paseo, un buen libro y un digno acompañamiento musical.
    En fin, a lo que iba, como te prometi el sabado, aqui te dejo la dirección de mi blog (no es gran cosa, pero es mio) para que te pases cuando quieras a echar un vistacete: http://www.keitiland.blogspot.com

    Por cierto, este jueves en la filmoteca proyectan “Mi Nombre es Ninguno”, tercera entrega de lo que se considero “Western Crepuscular”, junto con “El Bueno, El Feo y El Malo” y “Hasta que LLego su Hora”. Es a las siete y media, ¿se apunta alguien?

  6. Mortimer Rata dice:

    Amigos, la cosa es que somos hombres con cierta sensibilidad y talento, para bien o para mal, jeje.

    Ferio, haz el favor de documentar todo eso. Un paseo por campos de tiro y cementerios no debe quedarse únicamente en tu encéfalo.

    Señor XIII, aquí cerca tenemos montañas y un lugar de visita obligatoria cada X tiempo es El Escorial. Ahí sí que se puede perder uno entre bosques, trenes y demás. Ah, y mejor no hablar del Croché Cafetín, que se me cae una lagrimilla.

    Kitaro0, no voy a poder porque viene un jefazo europeo de mi curro y hay que sacarle por ahí a cenar y ese tipo de folklorismos, pero estamos en contacto porque el ciclo sigue.

    Reverencias a todos ustedes.

  7. Alp Delacroix dice:

    Es una experiencia muy placentera poder disfrutar de momentos en solitario haciendo esas cosillas que uno disfruta con ellas. Salir por la gran urbe en momentos en que el techo de casa se te cae encima es una práctica de lo más aconsejable. :)

    ¡Muy interesante su blog! Me pasaré más por aquí.

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