La cabeza de Haydn
Hoy, queridos lectores, les voy a hablar de una fantástica historia de médicos demasiado entregados a su causa, de novedosas y complejas técnicas craneales, de profanaciones de tumbas, decapitaciones y cabezas de genios expuestas en reputados colectivos decimonónicas que se disputan su propiedad… Todo apunta a una nueva novelilla steampunk de gente como Tim Powers, ¿no es cierto? Pues no, mire ud por donde: esta morbosa historia es real como la vida misma, y ocurrió aquí mismo, en el Viejo Continente.
Pero lo mejor es que nos pongamos en situación: el los albores del siglo XIX una nueva ciencia o medicina causaba furor. La Frenología consistía en el estudio de la relación entre el carácter de una persona y la morfología de su cráneo, se remontaba a oscuras teorías aristotélicas y se apoyaba en estudios como los del del pensador suizo Lavater.
Y, claro está, un buen frenólogo que necesitaba material para su objeto de estudio estaba harto de analizar calaveras de ajusticiados, que debían de tener bien desarrollada el área dedicada a la maldad y a las fechorías pero poco espacio para el intelecto y la creatividad. Ellos querían estudiar la cabeza de un genio, diablos, y si el camino hacia esa meta contemplaba la profanación y la exhumación de un cadáver qué le iban a hacer. Todo en pos de la ciencia y el conocimiento.
Música, maestro:
En una terrible noche de 1809 dos personajes de buen parecer se presentan pala y faroles en mano en el
cementerio vienés de Hundsthurm, donde pocos días antes había sido enterrado el maestro compositor Franz Joseph Haydn, considerado padre de la sinfonía, hijo pródigo de Austria y, lo más importante de todo en lo que concierne a esta historia, un absoluto genio de su época. La tarea parece que no fue demasiado agradable, puesto que el cadáver estaba en pleno proceso de descomposición y un fuerte hedor inundaba la escena, pero finalmente la cabeza fue cercenada satisfactoriamente y el cráneo limpiado para su correcto estudio.
Los profanadores y frenólogos aficionados eran Karl Rosenbaum, secretario de la familia empleadora de Haydn, los Esterházy, y el funcionario de prisiones Johann Nepomuk Peter, amigo personal del compositor. Posteriormente, ambos declararon que el área de la calavera dedicada a la música estaba “fuertemente desarrollada”.
Once años después el buen príncipe Nikolaus Esterházy II decidió que había llegado el momento de trasladar los restos del aclamado compositor de la familia a un lugar más digno, junto a sus propios seres queridos en Eisenstadt. Imagínense su sorpresa e indignación cuando le comunicaron que en la exhumación de los restos no se encontró nada en el lugar en que un ser humano suele tener ubicada la cabeza. Todas las sospechas recayeron instantáneamente sobre el dúo frenólogo, y las visitas policiales no se hicieron esperar.
Rosenbaum consevaba el cráneo en una artesanal caja negra de madera en su domicilio, pero fue alertado con la suficiente antelación (benditas sean las logias y círculos cerrados tan comunes en aquel maravilloso siglo) como para poner en práctica el siguiente plan: la preciada posesión fue escondida en la entrepierna de su señora esposa, a la sazón postrada en la cama por enfermedad, el único lugar de su casa que a buen seguro los remilgados oficiales vieneses no iban a registrar. Y ahí tenemos a nuestro genio, en la situación más comprometida de su vida y no-vida juntas.
A la muerte de estos dos científicos entregados -o rufianes de dudosa moralidad, según se mire- la calavera en cuestión fue donada a la Sociedad de Amigos de la Música, donde permaneció más de medio siglo como exhibición permanente y donde los simpáticos miembros de tan selecto club podían incluso manosearla como verdadero objeto de veneración.
Tras la II Guerra Mundial, la aristocrática familia volvió a la carga en el empeño de reclamar de nuevo la reunificación del cuerpo de Haydn, esta vez en un lujoso mausoleo de nueva construcción. Tras varias triquiñuelas por parte de la Sociedad de marras, con una reticencia férrea a entregar su más querido tesoro, finalmente se acordó el descanso en condiciones y el
ensamblamiento de los restos al completo. Así que, estimados lectores, podríamos asegurar que este alma atormentada al fin descansa en paz tras un ajetreo infernal e indigno de tan reputado personaje. Pero podría haber sido peor, y si no miren a Mozart.
Y hasta aquí la lección de historia escabrosa de su buen amigo el Barón Rata. No duden en volver a este destartalado diario a por futuras raciones de truculencia vintage. ¡No pierdan la cabeza hasta entonces!

20 de Setiembre de 2008 a las 12:59 pm
Bueno, yo es que soy bastante degenerada en este sentido (también según como se mire) y estoy a favor de la exhibición artística, cultural, científica o lo que sea de restos mortales…aunque claro, siempre conviene contar con el consentimiento de su propietario, como en este caso:
http://brummella.amoelbarroco.com/?p=33
Muchas grandes y turbias hazañas como la que redactas se cuentan entre nuestra historia moderna, creo recordar que el cráneo de Sade también fue examinado con este tipo de propósitos: comprobar qué características presentaba la calavera de un depravado, sin embargo parece ser que su aspecto coincidía más con el de…un iluminado, jejeje.