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Archivo de Noviembre, 2008

El hombre que era Jueves

29 de Noviembre de 2008

Seguro que les ha ocurrido alguna vez que en una obra cuyo propósito principal es la empatización con el protagonista de la misma acaben prefiriendo de lejos al villano de turno; un tipo mucho más atractivo, del que salen las mejores citas y, en definitiva, el más carismático con diferencia.

Y esto es justo lo que ocurre con El hombre que era Jueves, del singular G.K. Chesterton. El trepidante de poetas bohemios y conspiraciones anarquistas pronto se desvirtua en una persecución un tanto simploide y un desenlace metafísico en el que el hombre se explaya con su particular diatriba acerca del orden de las cosas.

No obstante aquí les dejo con algunas perlas imborrables, por las que merece la pena un repasillo del libro:

Un artista es idéntico a un anarquista. Podría intercambiar uno los términos. Un anarquista es un artista. El hombre que lanza una bomba es un artista, porque prefiere un gran momento a todo lo demás. Entiende cuanto más valioso es un estallido de luz cegadora, un repiqueteo de truenos perfectos que los simples y vulgares cuerpos de unos policías informes. Un artista desprecia todos los gobiernos, elimina todas las convenciones. El poeta se deleita sólo en el desorden. Si no fuera así, la cosa más poética del mundo sería el ferrocarril metropolitano.

Seguimos con las bombas. Hagan el favor de imaginárselas como Dios manda: esferas metálicas negras con una buena mecha insertada.

Le dije: “¿Qué disfraz me ocultará al mundo? ¿Qué puedo encontrar que sea más respetable que un obispo o un militar?” Me miró con su rostro amplio pero indescifrable. “Quiere usted un disfraz seguro, dice? ¿Lo que necesita es un disfraz que garantice que garantice que es usted inofensivo; un disfraz que nadie registraría para encontrar una bomba?” Yo asentí. De repente elevó su voz de león. “¡Pues entonces, estúpido, disfrácese de anarquista!” Y su voz hizo temblar la habitación. “Nadie creerá que vaya usted a hacer nada peligroso.” Y me volvió su amplia espalda sin otra palabra. Seguí su consejo y nunca lo he lamentado. He predicado todo tipo de atrocidades a esas mujeres día y noche y -se lo juro- me dejarían empujar los cochecitos de sus niños.

¡Policías-filósofos de Scotland Yard desenmascarando atentados mediante el estudio de sonetos!

El trabajo del policía filósofo es a la vez más arriesgado y sutil que el de un detective corriente. El detective corriente va a las tabernas a arrestar a los ladrones; nosotros vamos a las reuniones de artistas a detectar pesimistas. El detective corriente descubre a partir de un libro de contabilidad o de un diario que se ha cometido un crimen. Nosotros descubrimos en un libro de sonetos que que cometerá un crimen. Tenemos que descubrir el origen de esos terribles pensamientos que conducen finalmente al hombre al fanatismo intelectual y al crimen intelectual.

Y como colofón aquí tienen la entrevista de trabajo que siempre he deseado:

- ¿Es usted el nuevo recluta? -preguntó el invisible jefe, que parecía saberlo todo sobre el asunto-. Muy bien. Está usted contratado.
-En realidad no tengo experiencia -empezó.
-Nadie tiene experiencia -dijo el otro- en la batalla de Armagedón.
-Pero es que en realidad no estoy preparado…
-Pero tiene usted voluntad y eso basta -dijo el desconocido.
-Bueno, francamente, no conozco ninguna profesión en la que la mera voluntad sea la prueba decisiva.
-Yo sí. Los mártires. Le estoy condenando a usted a muerte. Buenos días.

Pasatiempo: Encuentra los 5 errores

19 de Noviembre de 2008