Iván ya torturaba animales desde edades muy tempranas. Con apenas 12 años mandó arrojar a cierto noble boyardo a una jauría de perros hambrientos que lo devoró vivo.
Ya afianzado en el poder, Iván creó la la Oprichnina, cuyos miembros, los oprichniki, una suerte de monjes guerreros de riguroso luto y cuyos caballos también eran negros, sembraron el terror por todo el territorio ruso, ejecutando arbitrariamente y expandiendo el caos en nombre del Zar por medio de los métodos más espantosos imaginables. En una sola noche arrasaron una aldea completa, masacrando a unos 60.000 habitantes. Según Iván, se trataba de una “aldea traidora“.
Iván mató a su propio hijo. Le propinó un fuerte golpe en la cabeza con su inseparable mazo de guerra. Esta impresionante pintura del ucraniano Iliá Repin retrata el macabro momento del asesinato:
Es cierto que después de muchas de sus atrocidades Iván parecía consumido por los remordimientos. En esos momentos se encerraba en conventos y exigía que se le inflingiesen torturas de todo tipo para expiar sus pecados. Pero Iván siempre volvía al trono, y su extrema crueldad no parecía menguar tras estos paréntesis religiosos.
Se cree que Iván sufría de Sífilis, cuyos perniciosos efectos sobre su cerebro eran agravados por un tratamiento con mercurio muy común en la época. Iván era un completo demente de cuyas decisiones dependía gran parte del mundo conocido.
Hoy, queridos lectores, les voy a hablar de una fantástica historia de médicos demasiado entregados a su causa, de novedosas y complejas técnicas craneales, de profanaciones de tumbas, decapitaciones y cabezas de genios expuestas en reputados colectivos decimonónicas que se disputan su propiedad… Todo apunta a una nueva novelilla steampunk de gente como Tim Powers, ¿no es cierto? Pues no, mire ud por donde: esta morbosa historia es real como la vida misma, y ocurrió aquí mismo, en el Viejo Continente.
Pero lo mejor es que nos pongamos en situación: el los albores del siglo XIX una nueva ciencia o medicina causaba furor. La Frenología consistía en el estudio de la relación entre el carácter de una persona y la morfología de su cráneo, se remontaba a oscuras teorías aristotélicas y se apoyaba en estudios como los del del pensador suizo Lavater.
Y, claro está, un buen frenólogo que necesitaba material para su objeto de estudio estaba harto de analizar calaveras de ajusticiados, que debían de tener bien desarrollada el área dedicada a la maldad y a las fechorías pero poco espacio para el intelecto y la creatividad. Ellos querían estudiar la cabeza de un genio, diablos, y si el camino hacia esa meta contemplaba la profanación y la exhumación de un cadáver qué le iban a hacer. Todo en pos de la ciencia y el conocimiento.
Música, maestro:
En una terrible noche de 1809 dos personajes de buen parecer se presentan pala y faroles en mano en el cementerio vienés de Hundsthurm, donde pocos días antes había sido enterrado el maestro compositor Franz Joseph Haydn, considerado padre de la sinfonía, hijo pródigo de Austria y, lo más importante de todo en lo que concierne a esta historia, un absoluto genio de su época. La tarea parece que no fue demasiado agradable, puesto que el cadáver estaba en pleno proceso de descomposición y un fuerte hedor inundaba la escena, pero finalmente la cabeza fue cercenada satisfactoriamente y el cráneo limpiado para su correcto estudio.
Los profanadores y frenólogos aficionados eran Karl Rosenbaum, secretario de la familia empleadora de Haydn, los Esterházy, y el funcionario de prisiones Johann Nepomuk Peter, amigo personal del compositor. Posteriormente, ambos declararon que el área de la calavera dedicada a la música estaba “fuertemente desarrollada”.
Once años después el buen príncipe Nikolaus Esterházy II decidió que había llegado el momento de trasladar los restos del aclamado compositor de la familia a un lugar más digno, junto a sus propios seres queridos en Eisenstadt. Imagínense su sorpresa e indignación cuando le comunicaron que en la exhumación de los restos no se encontró nada en el lugar en que un ser humano suele tener ubicada la cabeza. Todas las sospechas recayeron instantáneamente sobre el dúo frenólogo, y las visitas policiales no se hicieron esperar.
Rosenbaum consevaba el cráneo en una artesanal caja negra de madera en su domicilio, pero fue alertado con la suficiente antelación (benditas sean las logias y círculos cerrados tan comunes en aquel maravilloso siglo) como para poner en práctica el siguiente plan: la preciada posesión fue escondida en la entrepierna de su señora esposa, a la sazón postrada en la cama por enfermedad, el único lugar de su casa que a buen seguro los remilgados oficiales vieneses no iban a registrar. Y ahí tenemos a nuestro genio, en la situación más comprometida de su vida y no-vida juntas.
A la muerte de estos dos científicos entregados -o rufianes de dudosa moralidad, según se mire- la calavera en cuestión fue donada a la Sociedad de Amigos de la Música, donde permaneció más de medio siglo como exhibición permanente y donde los simpáticos miembros de tan selecto club podían incluso manosearla como verdadero objeto de veneración.
Tras la II Guerra Mundial, la aristocrática familia volvió a la carga en el empeño de reclamar de nuevo la reunificación del cuerpo de Haydn, esta vez en un lujoso mausoleo de nueva construcción. Tras varias triquiñuelas por parte de la Sociedad de marras, con una reticencia férrea a entregar su más querido tesoro, finalmente se acordó el descanso en condiciones y el ensamblamiento de los restos al completo. Así que, estimados lectores, podríamos asegurar que este alma atormentada al fin descansa en paz tras un ajetreo infernal e indigno de tan reputado personaje. Pero podría haber sido peor, y si no miren a Mozart.
Y hasta aquí la lección de historia escabrosa de su buen amigo el Barón Rata. No duden en volver a este destartalado diario a por futuras raciones de truculencia vintage. ¡No pierdan la cabeza hasta entonces!
Me gustaría que este post, señoras y señores, sirva como pequeño homenaje a dos de los verdaderos forjadores de uno de los mitos fantásticos más escuchado por la plebe y degustado por los exquisitos paladares de los apasionados del terror. Me refiero, como algún avispado hijo de Van Helsing ya podrá haber imaginado, al vampiro.
BARÓN, NESA n. (probabl. del germ. baro, hombre libre). Título de dignidad cuya importancia en la jerarquía nobiliaria varía en los diversos países. (En España sigue al de vizconde.)
Por debajo del vizconde, señores. ¿Pero esto qué es? ¿Qué se imaginan uds. al pensar en un vizconde? Pues a un tipo estirado, ultraconservador, probablemente amanerado y un montón de apelativos desagradables aplicables a toda una clase nobiliaria obsoleta que pugna por que el ciudadano de a pie tome en consideración. Un quiero y no puedo puesto que el prefijo “viz” le impide alcanzar las cotas de respetabilidad atribuibles al conde, lo que acrecenta su frustración y mala baba. Probablemente le pegue a la vizcondesa.
Después de todo, y tras sopesar la situación, no está tan mal que el barón esté por debajo. Es más, le dota de ese aire canallesco y crápula que algunos tanto valoramos; es uno de los más tirados (si no el más) de los títulos otorgados por las distintas majestades, muy poco por encima del hidalgo. Además, ya sea por las referencias literárias o folklóricas, se lo asocia un poco más a modernidad, pero en su justa medida. Nada de tricornios, rostros enpolvados ni ademanes cuasi-horteras; un buen barón llevará una chistera y una levita, todo ello raído y ajironado. También se podrá observar los restos de tierra mojada en sus botines y esto es, os contaré un secreto, porque se ha visto obligado a abandonar su morada a horas intempestivas, desafiando a los elementos para desenterrar a sus antepasados y así hacerse con los pocos objetos de valor que se llevasen con ellos a la sepultura. A la mañana siguiente correrá a la casa de empeños a ver qué puede negociar con el dueño, con los dientes de oro encima del mostrador. Insultos, patadas al mobiliario, gesticulaciones… todo para sacar unas cuantas piezas de la moneda en curso.
Probablemente también frecuente una sociedad secreta. Recabará conocimientos en un ámbito ocultista que le valerán los apelativos de temible y espantoso en la comunidad. Los niños murmurarán a su paso, le arrojarán algún objeto contundente que impacte cerca de su posición, pero el barón se hará respetar momentáneamente a base de bastonazos y odiosas palabras que los chiquillos no entenderán pero les sonará igualmente mal habiendo sido pronunciadas con esa entonación gangosa y aguardientil. Quizá escriba un libro, un tratado sobre algo absurdo, la plasmación de numerosos delirios inconexos que nadie comprará en su día pero que años después de su muerte será visto como un alegato reivindicativo de innegable vigencia.
Y morirá solo. Un día el casero, harto de tantas deudas y promesas de pago derribará la puerta principal de la mohosa mansión y, guiado por el mal olor y unos espantosos presentimientos, lo econtrará tumbado en su catre, vestido con sus mejores galas y las manos entrelazadas sobre su pecho. Es entonces cuando invadido por un una sensación de nostalgia y falsa justicia se quite el sombrero y murmure: “al fin y al cabo era un gran hombre”. Acto seguido le despojará de anillos y colgantes. A su entierro sólo acudirán cuatro acólitos del pub que frecuentaba, entonarán alguna desafinada y estridente tonadilla en honor a su amigo (alguno de ellos resbalará y caerá a la fosa, sobre el ataúd, rompiéndose una articulación); otros tantos dementes de la Sociedad, tratando de introducir extraños potingues y símbolos en la caja de pino con objeto de conseguir su resucitación (lo conseguirán, pero con consecuencias nefastas); y su viejo y desaliñado perro, que morirá junto a la lápida de su amo, cuyo epitafio será “¿Y tú qué miras?”…
Ejem, creo que me he perdido en divagaciones y no he llegado al final de mi clase acerca de estamentos nobiliarios. A veces me pasa pero, qué demonios, los piscis tenemos derecho a ello.