Jueves Negro en Madrid
7 de Setiembre de 2008And this sick sick city is never gonna make me insane.
Blues for a gun, The Jesus & Mary Chain
Hay días en que mi propia morada se me antoja un tanto puñetera. Siento como si ejerciese una fuerza succionadora que anula mi voluntad y creatividad, a pesar de contar con los suficientes medios dentro de ella como para que esto no ocurra. Es un impulso primario de salir a las calles y deambular. Este pasado jueves fue una de esas ocasiones y aquí va esta entrada, con el fin de que la noctámbula y solitaria expedición perdure en en recuerdo.
Esta escapada, naturalmente, tenía también como objetivo cierto deleite a través de cualquier medio; ya sea un poco de música, un buen libro o una peliculilla en condiciones. Había estado leyendo ese mismo día acerca de un ciclo spaguetti-western en la Filmoteca (Cine Doré) y no dudé ni un solo instante en ir como un campeón a tragarme Django, una bestialidad casi surrealista de las que sólo los italianos eran capaces. Prometía.
Paseando rumbo a Atocha a través del parque del Retiro fui escuchando unas tonadillas que esta rata aristocrática consideró adecuadas para esas horas crepusculares; anacronismos envolventes y repletos de misterio de la talla de The Great Grandfather, del incomparable Bo Diddley.
Picked his teeth with a huntin’ knife
He wore the same suit all-a his life
Oh-oh
Es fabuloso cuando con los sentidos aguzados y rastreando el entorno, acompañado de un buen temazo de banda sonora, mi ciudad de residencia, de la que he acabado hastiado, recobra por unos minutos la fascinación que ejercía sobre mí tiempo atrás, cuando aún no había habido tiempo de asociarla a nada. El típico piscis, que diría cierto anuncio de mierda.
Tras comprar mi entrada en la desvencijada taquilla del Doré me dirigí a hacer tiempo (aún quedaba alrededor de hora y media para que comenzase la película) al Jazz Bar, donde estaban poniendo un concierto de Ella Fidgerald y el camarero preparaba unos inmensos cócteles llameantes a tres yanquis de mediana edad, obesos, afables y con cierta devoción por las canciones de la citada señora. Wonderful!, gorgeous! exclamaba intermitentemente el entrañable trío. Como podrán ustedes imaginar, era el perfecto escenario para acomodarse en un apartado rincón, pedir una Budweisser, liarse un buen cigarro Amsterdamer y sacar el libro de marras: Los mejores cuentos policiales, una bestial antología del inseparable combo Borges-Bioy Casares.
Tras acabar con un estupendo embrollo tropical llamado Tres hombres muertos (Eden Phillpots), le llegó el turno a Una salita cerca de la calle Edgware, de Graham Greene. Sólo con años y años de insistencia y permanencia en ciertos géneros desarrolla uno la capacidad de discernir automáticamente lo que es realmente sobresaliente, y conoce correcto uso de una serie de resortes inherentes a esa clase de literatura. Este era uno de esos casos: misterio, suspense, terror… llevados al límite en uno de los relatos más acongojantes que había leído en mucho tiempo. Y para colmo cuenta con un protagonista con un día terrible a cuestas y amargado con su entorno, que una noche decide refugiarse en un cine barato a ver una vieja película. ¿Les suena? Afortunadamente yo no me topé con la brutal y demente escena sangrienta del relato, ni con un compañero de butaca tan… inquietante, jeje. Parece mentira que el famoso autor de El Americano Impasible también escribiese esto:
“¿Por qué tiene que sucederme esto a mí? ¿Por qué a mí?”. Volvió a penetrar en el horror de su sueño; la escuálida y oscura calle era uno de los innumerables túneles que comunicaban las tumbas donde los cuerpos imperecederos yacían.
“Fue un sueño”, se dijo, y al apoyarse en la pared vio en el espejo, arriba del teléfono, su propia cara rociada por diminutas gotitas de sangre, como el rocío de un perfumero. Comenzó a gritar.
Una pequeña multitud comenzó a reunirse, y pronto acudió un policía.
La hora llegó y volví al cine dándole vueltas al escabroso relatillo, con el tiempo suficiente para poder escoger una butaca en la fila siete, junto al pasillo. La sucesión de barrabasadas e incongruencias de aires arty a la italiana me entretuvo de lo lindo. Los elementos: forajido de procedencia ignota permanentemente arrastrando un ataúd por las desérticas colinas (Almería, naturalmente), miembros encapuchados de un primerizo Ku Kux Klan, mexicanos revolucionarios más simpáticos pero igualmente unos cabronazos… A destacar el tiroteo final en el cementerio y la impagable canción de los créditos, como si un Tom Jones de segunda y en un lamentable estado de ebriedad cantase las virtudes de este inefable pistolero: Django!!
De vuelta a casa aún me entretuve a hacer alguna instantánea de las calles madrileñas, bastante más animado por el gratificante plan que llegaba a su fin y por que ya se empiezan a notar los primeros mordiscos del frío otoñal en esta maldita ciudad.
Y llegados a este punto, queridos lectores, reivindico la soledad y la abstracción y divagación unipersonal en según qué noches y momentos. Yo desde luego lo llevo practicando encantado de un tiempo a aquí, y no precisamente por necesidad al carecer de relaciones sociales, que dista de ser el caso. Así que ya saben; es probable que me encuentren con mis enseres en cualquier tasca de mala muerte o en el café más glamouroso de la capital del Reino. Espero que si deciden acercarse a mí tengan una buena historia que contar.









Aviso a navegantes que hayan llegado aquí buscando información de Kafka o explicaciones sobre la obra en cuestión: esta entrada no es un análisis exhaustivo de la misma, ni siquiera puede aproximarse a ello, ni yo soy un experto en el autor, aunque desde luego interés no falta para indagar hasta donde se pueda.
Pero es tal el cúmulo de lecturas y relecturas de cada personaje o situación, en las que el absurdo y lo patético cobran una especie de enrarecido sentido dando pie a todo tipo de conjeturas psicológicas, sociológicas e incluso teológicas, que sería una tarea extremadamente ardua para una humilde entrada.
Dice Gómez de la Serna que cuando el diablo actúa como prestidigitador, saca murciélagos de la chistera. Más recientemente, Leopoldo María Panero escribe, en su libro Palabras de un asesino (Libertarias, 1999): “Nada por aquí, nada por allá, como dicen los magos cuando de su sombrero extraen la cabeza agusanada de un muerto.” Portentoso. Cierto que si en lugar de otorgar al fútbol culto de latría, dando cuenta de sus más insignificantes e inanes avatares, los medios de comunicación se dedicaran a seguir los pasos creativos de Panero -pero sin que meta cuchara Sánchez Dragó, por favor- no digo yo que el número de necios fuera a decrecer, pero sí que al menos los aficionados a las cabezas agusanadas y los murciélagos, que somos una minoría respetable, saldríamos del abandono en que yacemos. Mientras se produce el esperado giro hacia una revolución cultural de signo dulcemente tenebroso, he conseguido sin ningún problema que en un documental de la Feria Internacional del Mueble, figure el interiorismo de la película Nosferatu de Murnau (1922) como ejemplo de elegancia, pureza y refinamiento romántico. No me dirán que no es un éxito, además de una prueba de que no todo está perdido. Ahora trato de inducir a una conocida agencia de viajes, a diseñar un Crucero por la Estigia, y estoy haciendo un hueco a los estudiantes de Historia de la Cultura en el Cementerio Municipal, para que puedan realizar sus prácticas. No cejaré hasta conseguir que figure en el nuevo plan de estudios una optativa de Necrología y Funebria. Estas cosas requieren apoyo y compromiso, porque ni el Ministerio ni las Consejerías están dispuestos a reconocer que la muerte es ley de vida y hay que estudiar sus misterios.
La primera, desarrollada en la Valencia del Siglo de Oro, versa sobre un botánico al servicio del poder real y su ayudante, espabilado mozalbete autóctono, para conseguir ciertas hierbas cuya mezcla puede contrarrestar la rabia. ¿La rabia? A juzgar por lo que se enfrenta esta castiza pareja puede ser que se trate del remedio contra otra dolencia mucho más… desagradable e incómoda, jeje.
Y qué me dicen de lo extremadamente valorable del siguiente caso: un gallego de pura cepa, defensor a ultranza a ultranza de su lengua autóctona y además escribiendo fantástico-terror en plena posguerra. Una auténtica rareza digna de ser adquirida cueste lo que cueste, sí. Los deliciosos cuentecillos de De cómo me encontré con el demonio en Vigo tratan sobre malos presagios en mitad de terrores nocturnos que se tornan realidad, bailes de aparecidos en un desvencijado palacete de Lugo, meigas de Torgán con extrañas costumbres que pueden desenmarañar tu futuro por un módico precio…. Todo en apenas cuatro o cinco páginas.
Es curioso que nuestra Celtiberia haya sido fuente de innumerables narraciones fantásticas, más concretamente me estoy refiriendo a la corriente gótica tan en voga allá por el XVIII. El Monje, Los misterios de Udolfo, El Manuscrito encontrado en Zaragoza, Melmoth el Errabundo…, obras seminales y estupendísimas la mayoría, están desarrolladas en nuestras tierras. España era eso, el paraje perfecto para las correrías grotescas, exóticas y ultra-catoliconas imaginadas por las mentes románticas de la época, donde aún era posible la aventura y la fantasía en un reino en decadencia, con decadentes ruinas y decadentes personajes. Es por todo esto por lo que salga de mi chistera en cuestión creativa, en perfecta comunión con el parecer de el viscoso 
Nace en Londres, pero a muy temprana edad se muda a Wapping, una agradable localidad costera de donde recibiría la inspiración para sus posteriores relatos sobrenaturales, muchos de ellos con un trasfondo fantasmal-marítimo que recuerda enormemente al maestro 

siguiente. No desvelaré lo ocurrido después pues mi maldad no llega a tanto. La increible efectividad del relato reside en varios factores: lo directo de su lenguaje, sin irse por las ramas con demasiadas descripciones (como en toda la obra de Jacobs); el brutal contraste entre las situaciones joviales y humorísticos protagonizadas por la familia y los horripilantes acontecimientos acaecidos a posteriori, una vez abierta la puerta a lo sobrenatural. Contribuye también a su eficacia el seco desenlace tras las escasas páginas que abarca el cuento y la incertidumbre sobre si lo ocurrido realmente es a causa de la pata, ya que, aunque todo parece indicar que sí, el lector aún puede asirse hasta el final a un clavo ardiendo y atribuirlo todo a la casualidad o el destino.
He aquí mi primera entrada de lo que será una larga serie de críticas más o menos estructuradas acerca de los libros que voy asimilando.