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Diamanda Galas en el Teatro Alfil

15 de Octubre de 2008

Ahí estaba yo hace escasas horas, en primera fila, con una perspectiva inmejorable para deleitarme con hasta la última mueca de esta gran mujer, que hasta para sonreír y dar las gracias parece obsequiar con otro rictus mortuorio. Y, por supuesto, para que sus imposibles registros vocales me recorriesen la columna cual descarga eléctrica, bien aderezados con pianos de graves solemnemente aporreados y agudos de estudiado desafine.

Diamanda Galas sola con su piano.

Diamanda Galas, sola con su piano.

¿Qué decir de ella? Les hablaría del terrorífico Vena Cava, de las Letanías de Satán ejecutadas en mitad de una iglesia, de sus extraños gospels y las versiones “deformadas” de clásicos desde luego no tan retorcidos, o de sus obsesiones como su reiterativa interpretación del SIDA como nueva plaga divina o la poesía simbolista francesa de finales del XIX… pero en realidad lo que quiero es dejar constancia de que estuve ahí y que en apenas un mes de diferencia también veré a Psychic TV y a los Residents. Todo un triunvirato de libro para los que, como un servidor, disfrutan como enanos de estos compositores malsanos, chirriantes, hiperbólicos y hasta absurdos, pero con un trasfondo sincero, con talento y verdadera razón de ser.

Y yo soy feliz, aunque casi en la ruina.

Jueves Negro en Madrid

7 de Setiembre de 2008

And this sick sick city is never gonna make me insane.

Blues for a gun, The Jesus & Mary Chain

Hay días en que mi propia morada se me antoja un tanto puñetera. Siento como si ejerciese una fuerza succionadora que anula mi voluntad y creatividad, a pesar de contar con los suficientes medios dentro de ella como para que esto no ocurra. Es un impulso primario de salir a las calles y deambular. Este pasado jueves fue una de esas ocasiones y aquí va esta entrada, con el fin de que la noctámbula y solitaria expedición perdure en en recuerdo.

Jueves Negro en Madrid

Esta escapada, naturalmente, tenía también como objetivo cierto deleite a través de cualquier medio; ya sea un poco de música, un buen libro o una peliculilla en condiciones. Había estado leyendo ese mismo día acerca de un ciclo spaguetti-western en la Filmoteca (Cine Doré) y no dudé ni un solo instante en ir como un campeón a tragarme Django, una bestialidad casi surrealista de las que sólo los italianos eran capaces. Prometía.

Paseando rumbo a Atocha a través del parque del Retiro fui escuchando unas tonadillas que esta rata aristocrática consideró adecuadas para esas horas crepusculares; anacronismos envolventes y repletos de misterio de la talla de The Great Grandfather, del incomparable Bo Diddley.

Picked his teeth with a huntin’ knife
He wore the same suit all-a his life
Oh-oh

Es fabuloso cuando con los sentidos aguzados y rastreando el entorno, acompañado de un buen temazo de banda sonora, mi ciudad de residencia, de la que he acabado hastiado, recobra por unos minutos la fascinación que ejercía sobre mí tiempo atrás, cuando aún no había habido tiempo de asociarla a nada. El típico piscis, que diría cierto anuncio de mierda.

Crimen en el Jazz BarTras comprar mi entrada en la desvencijada taquilla del Doré me dirigí a hacer tiempo (aún quedaba alrededor de hora y media para que comenzase la película) al Jazz Bar, donde estaban poniendo un concierto de Ella Fidgerald y el camarero preparaba unos inmensos cócteles llameantes a tres yanquis de mediana edad, obesos, afables y con cierta devoción por las canciones de la citada señora. Wonderful!, gorgeous! exclamaba intermitentemente el entrañable trío. Como podrán ustedes imaginar, era el perfecto escenario para acomodarse en un apartado rincón, pedir una Budweisser, liarse un buen cigarro Amsterdamer y sacar el libro de marras: Los mejores cuentos policiales, una bestial antología del inseparable combo Borges-Bioy Casares.

Tras acabar con un estupendo embrollo tropical llamado Tres hombres muertos (Eden Phillpots), le llegó el turno a Una salita cerca de la calle Edgware, de Graham Greene. Sólo con años y años de insistencia y permanencia en ciertos géneros desarrolla uno la capacidad de discernir automáticamente lo que es realmente sobresaliente, y conoce correcto uso de una serie de resortes inherentes a esa clase de literatura. Este era uno de esos casos: misterio, suspense, terror… llevados al límite en uno de los relatos más acongojantes que había leído en mucho tiempo. Y para colmo cuenta con un protagonista con un día terrible a cuestas y amargado con su entorno, que una noche decide refugiarse en un cine barato a ver una vieja película. ¿Les suena? Afortunadamente yo no me topé con la brutal y demente escena sangrienta del relato, ni con un compañero de butaca tan… inquietante, jeje. Parece mentira que el famoso autor de El Americano Impasible también escribiese esto:

“¿Por qué tiene que sucederme esto a mí? ¿Por qué a mí?”. Volvió a penetrar en el horror de su sueño; la escuálida y oscura calle era uno de los innumerables túneles que comunicaban las tumbas donde los cuerpos imperecederos yacían.

“Fue un sueño”, se dijo, y al apoyarse en la pared vio en el espejo, arriba del teléfono, su propia cara rociada por diminutas gotitas de sangre, como el rocío de un perfumero. Comenzó a gritar.

Una pequeña multitud comenzó a reunirse, y pronto acudió un policía.

Django

La hora llegó y volví al cine dándole vueltas al escabroso relatillo, con el tiempo suficiente para poder escoger una butaca en la fila siete, junto al pasillo. La sucesión de barrabasadas e incongruencias de aires arty a la italiana me entretuvo de lo lindo. Los elementos: forajido de procedencia ignota permanentemente arrastrando un ataúd por las desérticas colinas (Almería, naturalmente), miembros encapuchados de un primerizo Ku Kux Klan, mexicanos revolucionarios más simpáticos pero igualmente unos cabronazos… A destacar el tiroteo final en el cementerio y la impagable canción de los créditos, como si un Tom Jones de segunda y en un lamentable estado de ebriedad cantase las virtudes de este inefable pistolero: Django!!

De vuelta a casa aún me entretuve a hacer alguna instantánea de las calles madrileñas, bastante más animado por el gratificante plan que llegaba a su fin y por que ya se empiezan a notar los primeros mordiscos del frío otoñal en esta maldita ciudad.

Madrid de noche

Y llegados a este punto, queridos lectores, reivindico la soledad y la abstracción y divagación unipersonal en según qué noches y momentos. Yo desde luego lo llevo practicando encantado de un tiempo a aquí, y no precisamente por necesidad al carecer de relaciones sociales, que dista de ser el caso. Así que ya saben; es probable que me encuentren con mis enseres en cualquier tasca de mala muerte o en el café más glamouroso de la capital del Reino. Espero que si deciden acercarse a mí tengan una buena historia que contar.

The Sting-Rays

21 de Agosto de 2008

Eighties - I’m living in the Eighties
Eighties - I have to push, I prostitute myself
Eighties - I saw the whole world getting anxious
Eighties - I saw the worlds begin to march
And we sang
In these Eighties

Killing Joke - Eighties

Hoy, queridos lectores, les voy a hablar de una de esas joyas absolutamente infravaloradas de esa década tan recurrente, capaz de lo mejor y de lo peor: los manidos años 80. Y digo manidos porque un sector mayoritario de la población liderado por cuarentones sabihondos y chavalotes con ganas de aprender lo mínimo para quedar como señores entre sus pánfilos contertulios, siempre rescatan a los mismos. Pongamos un ejemplo: no me digan que no han escuchado en boca de más de uno alabanzas hacia Gang of Four y demás formaciones chirriantes que cuatro plumillas han adjudicado como referencia al nuevo post-punk bailongo del que media humanidad bienpensante ya está hasta las gónadas. Y esto únicamente referente a lo underground, que con el mainstream mejor no nos metemos por si nos salen sarpullidos.

Pues bien, lo cierto es que entre tanta laca, one hit wonders y demás estandartes del sonido ochentero como Dios manda (sí, ése de percusiones que parecen truenos, empalagosos sintetizadores, sentidas vocecillas de falsete y repetición de esquemas hasta la náusea) hay una auténtica barbaridad de bandas verdaderamente fascinantes que da gusto conocer y re-conocer, como es el caso. Gente que mezclaba sin despeinarse muchos de los estilos vigentes pero también esquemas de otras décadas, valiéndose de una situación posmoderna conseguida gracias a la maravillosa brecha que abrió el punk. Grupetes olvidados y sepultados de manera indignante, mientras que mediocridades infames como los Boomtown Rats de turno disfrutaban de cierta notoriedad.

Y aquí tenemos a esta humilde banda de nueva ola-garage con marcados toques rockabilly/psychobilly llamada Sting-Rays: unos muchachos del norte de Inglaterra que figuran esporádicamente en alguna recopilacioncilla de género, que telonearon a gente como los Cramps en sus giras por Europa y que gracias a Dios fueron auspiciados y rescatados por el sello Big Beat. Les adjunto unos cuantos temazos para que ustedes mismos saquen alguna conclusión.

The Sting-Rays: Selección de cuatro temas por El Señor Rata.

Si Behind the Beyond no es un hit en potencia que me aspen delante de todos; si con esa fabulosa mezcolanza que es Don’t Break Down no son capaces de sentir la necesidad de aullar moviendo el esqueleto; si las guitarras, a medio camino entre lo punzante y lo onírico, como si de un Tom Verlaine algo acelerado se tratase, de Tear Them Apart tampoco les convencen y si su I Want My Woman en directo está lejos de despertar su lado más cavernícola y berreante, entonces es que ustedes son de otro planeta distinto al mío. No se preocupen, no es óbice para no continuar saludándonos esporádicamente.

Y con esta labor de pura justicia musico-arqueológica se despide el roedor más miserable y amoral de la blogosfera, no sin antes instarles a que escarven y desentierren aun en las peores ciénagas y barrizales, que es donde se encuentran los huesos más sabrosos, los que se roen con el mayor de los deleites con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Country Death Song

3 de Agosto de 2008

Hay veces en las que uno repara en algo que de una manera u otra ha estado siempre ahí, al alcance de la mano, y por algún extraño proceso mental jamás fue objeto de la debida atención. Pues bien, hace ya unas pocas semanas que (re)descubrí esta obra magna de lo macabro e insano, una auténtica oda a la desesperación en la que, como ahora veremos, todas las partes se conjuran para dotar a la desgarradora narración de un clímax más que acorde. ¿Han escuchado Frankie Teardrop de Suicide? Esos tipos también lo consiguieron, aunque a su manera bien distinta.

Violent Femmes es una banda clave de los 80 que irrumpió en el panorama musical (dicen que descubiertos por un miembro de Pretenders, esa banda que jamás me hizo la menor gracia) con una arrolladora frescura basada en la acertadísima mezcla de folk-punk atemporal tocada con instrumentos y maneras de abordarlos no muy comunes para semejante escena, como su famoso bajo acústico y ese regustillo a lata en las percusiones. Hasta ahora bien: muy respetables y dignos, aunque sin estar en mi panteón de favoritos.

Pero, amigos, su segundo disco, que estuvo a punto de no publicarse dado que el resto de la banda no compartía las creencias cristianas de su cantante Gordon Gano, está mucho más influenciado por un country extraño y chirriante, por salmos sobre Jesús andando sobre las aguas y todo eso. En ese contexto se en marca, abriendo el disco, esta angustiosa Country Death Song. Basada en un hecho real de nada menos que 1862, narra el descenso a la locura de un granjero en las montañas y de cómo, en el apogeo de la misma, asesina a su propia hija empujándola a un pozo. El hombre acaba sus días ahorcado en su propio granero.

En este punto les aconsejo bajarse el tema en cuestión:

Violent Femmes - Country Death Song

Y echar mano de la letra.

La canción comienza con ese reiterativo bajo acústico (lo único constante en todo el tema) que puede recordar a las propias fiestas en las montañas a las que seguramente alguna vez acudió nuestro protagonista, reforzando así el aura de irrealidad y demencia. En estos dos primeros párrafos se explica por encima la situación del granjero que habla en primera persona: desesperación y polvo en una tierra improductiva que se ve incapaz de trabajar.

La primera ranura por donde se filtra la locura y viene dada por el escalofriante mensaje: “No hay nada más que hacer que sentarse y pensar (…) Comencé a idear maneras para matar a los míosda comienzo al banjo, un símbolo magistral del degradado estado mental de este sujeto, un agudo e inquietante rasgar de cuerdas que ya no le abandonará en toda la canción. Este instrumento lo toca aquí el especialista Tony Trischka y ya el buen Frater Chaovsky advirtió de su estupenda pericia con el mismo.

El granjero escoge a su hija más pequeña y la embauca en mitad de la noche para que le acompañe a explorar las cuevas. “Lo pasaremos muy bien”, dice, y la insta a despedirse: “Dale a tu madre un beso de buenas noches y recuerda que Dios vela”.

Y es cuando llegan a la oscura caverna cuando todos los instrumentos van cayendo a excepción del palpitante bajo y una desquiciada percusión con escobillas que finalmente también desaparece. Nuestro hombre empuja a su hija por un pozo sin fondo. “Gritaba mientras caía, pero nunca escuché el golpe“. ¡BAM! Y ahora el estallido descacharrante en el que un banjo descontrolado acaba por imponerse al barullo en esta espiral descendente a los abismos de la psique humana.

Más tarde todo vuelve a los cauces rítmico-melódicos habituales, pero con la voz de Gano más desgarradora si cabe, expresando la abrumadora culpa y la vergüenza. “No me hables de amantes con el corazón roto. ¿Quieres saber lo que realmente puede desgarrarte? Vuelvo al granero a intentar acabar con este dolor. Vuelvo al granero a colgarme sumido en la vergüenza”. Cuatro notas a modo funerario y acabamos el asunto.

Y aquí termina, amigos míos, una canción redonda de tres tipos que lograron plasmar perfectamente la atmósfera que buscaban, con una estructura de envidiables altibajos emocionales y contando una historia de evidente simpleza argumental pero con la suficiente carga dramática para dar fuelle al conjunto y conseguir que llegue mucho más hondo. Como el aquí firmante, incapaz de quitársela de la cabeza. Y ya van unas cuantas semanas…

Close youre eyes dear, and count to seven.
You know your papa loves you, good children go to heaven.

Woven Hand en Madrid

11 de Junio de 2007

En perfecta sintonía con lo ya escrito por Zelkova, Elena Cabrera o lo que ya se murmura en El Clan de los Parricidas, lo que me queda por aportar es poco salvo unos pequeños apuntes personales.

16 Horsepower ya supusieron una revelación incontestable. Un punto y aparte en mi universo musical; la perfecta fusión de influencias y emociones, capaces de alcanzar momentos de intensidad escalofriante. Woven Hand son su perfecta continuación.

Woven Hand en Moby Dick

Lo que vimos en Madrid el pasado sábado derrochó energía y misticismo. Hubo momentos en los que todos parecíamos estar en comunión, con la boca abierta ante una increíble sucesión de crescendos y explosiones combinadas con momentos de calma y trance. Y vaya señor percursionista… Diablos, para decir “yo estuve allí”.

Creo que, en cierto modo, un ciclo se ha cerrado y toca abstención conciertil hasta nuestro compromiso de mediados de Julio.

David Eugene Edwards en Moby Dick 2

Video de Wintershaker en directo.

The Horrors en Madrid: Apocalípsis en la Moby Dick

8 de Mayo de 2007

“El típico grupo de moderniquis que escucha mi hermana”

“Esperpento poppie”

“Panda de indis anoréxicos”

“Las nuevas spice girls del siniestro” (…)

Que estas lindezas sirvan como ejemplo de los improperios vertidos contra estos chavales por parte de ciertos colectivos reticentes a tomarlos en serio. ¿Por qué? ¿Porque son jóvenes y llevan cierta estética “estrafalaria” y bastante personal para los tiempos que corren? ¿Porque salen en diversas portadas de revistuchas de moda? Pues bien, queridos amigos, si hay dos pruebas infalibles para saber si una banda es un “hype” (algo así como un globo predestinado a desinflarse en cuanto pase la moda) o no; un segundo disco y sus conciertos, les aseguro que la segunda está más que superada.

The Horrors

Lo que acabó en caos y destrucción comenzó con una versión de Joy Division/Warsaw cojonuda: No love lost en clave chirriante y garajera, con nuestro amigo el esmirriado cardado desgañitándose como Dios manda. El resto fue un dignísimo repaso de su por ahora escaso cancionero: Jack the Ripper (brutal versión del enorme Screaming Lord Sutch), Little Victories, Count in fives, She is the new thing, Death at the chapel, Sheena is a Parasite (estas dos últimas las mejores del bolo, en mi humilde opinión)… con un sonido aceptable y una intensidad brutal. Lamentablemente me quedé sin escuchar las que posiblemente sean mis favoritas del Strange House: Excellent Choice y Thunderclaps, pero es que ¡Ay! la cosa acabó antes de tiempo y de manera… “accidentada”.

Count in Fives en directo (Video en Moby Dick, Madrid)

The Horrors 2“El tío la suele montar, ya verás”, era el dicho generalizado previo al concierto, pero no sospechábamos que lo haría TANTO. Se encaramó cual araña a los garfios y sogas que decoran el local, cayendo con ellos desde el techo, subió a la barra justo donde estábamos viendo el catastrófico show (foto aquí incluida) y desde allí tiró la bola de discoteca, que descolgo y lanzo al publico ¡como si fuera un jodido globo!!, causando cortes en decenas de inocentes manos (testimonio real en foros de Muzikalia) al grito de “DESTROY THE DISCO!!”. Los aparejos, barquitos, garfios y poleas me consta que también hicieron estragos entre la concurrencia.

Un tipo de seguridad trató de interrumpir el concierto tirando del encabritado líder de la banda, pero fue salvajemente agredido por las primeras filas. Las luces se encendieron y todos los aparatos eléctricos dejaron de sonar. ¿Solución? Darle a lo contundente (palmas y batera) y bailotear como un poseso agarrado a la soga improvisadamente colgada de un precario telón sobre el escenario. A la salida un pobre y desagradable diablo de nariz sangrante exclamaba con voz chillona “¡Esto sí que es punk!”, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Las luces de la furgoneta del Samur iluminaban la patética escena.

Final del concierto, con luces encendidas e instrumentos apagados. Batacazo final incluido (Video).

Pues bien, la discusión sobre si todo fue una gamberrada irresponsable con posibles consecuencias nefastas o si se trató de un alucinante torbellino sobrado de actitud y mala hostia que no se veía desde los tiempos de Iggy o los Lords of the New Church está servida. El caso es que ni Dios salió indiferente de allí. Para haberlo vivido.

Erik Satie

11 de Noviembre de 2004

Autor reconocido de la bohemia francesa del “fin de siècle”, a caballo entre el cabaret, el simbolismo y los movimientos místico-religiosos como los Rosacruces, y las vanguardias (con especial énfasis en el dadá), Satie nunca se sintió completamente agusto enmarcándose en ninguna de ellas.

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Paul Roman Trio

26 de Julio de 2004

Ayer lunes fuimos Aramcheck, Aparecida y David al concierto de Paul Roman Trio (anteriormente en los Quakes) y los españoles Hellbilly Club en el estupendo Gruta 77. Escurioso, un antro con ese nombre a priori tan punk ha dado cobijo a absolutamente todos los eventos psycho a los que he asistido.

Los Hellbilly Club fueron unos dignísimos teloneros, con algunos temas realmente remarcables (del segundo disco, a tenor de las indicaciones que daba su cantante, una especie de comentarista de los años 50 reconvertido en hill-psychobilly, aunque con un modelito bien feo a base de vinilo. Odio el vinilo), incluyendo una versioncilla rocker de Personal Jesus, jeje. La de los Acusicas estaba ostensiblemente mejor.

Paul Roman y sus secuaces estuvieron mucho mejor. Lo que más se notaba era que tenían verdaderas tablas, algo un paso más allá de los eficientes teloneros, un aura… auténticos rockers con sus pintas y sus poses, sus contrabajos, tupés, camisas con calaveras, patillas… yeah! Comenzaron con… ¡Boys don’t cry!, bueno, un amago bastante gracioso con el injerto de su propia canción en medio, aunque luego se marcaron una estupenda versión psycho de Paint it black.

Bien, hasta este punto todo claro, pero me asalta una duda. Podríamos decir que ambas bandas, con especial énfasis en los cabeza de cartel, combinaban psychobilly, punk, hillbilly, rockabilly y supongo que todo lo que tenga un billy detrás (excepto gothabilly, jeje) y la mezcla habitualmente era afortunada aunque en algunos tiempos la repetición de esquemas (líneas de bajo, solos de guitarra afilados) se hacía cansina. Algún pureta me dirá que ésa es precisamente la esencia del psychobilly: el hincar el diente a estructuras y espíritu rockabilly y añadir desparpajo punk. Aaaamigo, ¿pero sabe qué le falta a tan agradable cóctel? Oscuridad. Sí, eso, no me miren así, no soy un gótico recalcitrante, pero sí que me va lo mórbido, coño. Esta disertación tiene su razón de ser en unas declaraciones del bueno de Paul en las que afirmaba que ya estaba harto de que los psychos sólo hablasen de monstruos y cementerios ye-yé. ¡Cállate ya, Paul, que eres buen músico pero mal entrevistado! El Psycho es, en esencia, terror festivo. Es la música ideal de un Halloween. ¡Ningún psycho ha de sentirse acomplejado por dar rienda a su pasión por la serie b, las criaturas de otros planetas y los cadillacs conducidos por zombies!

Me queda por contar que allí nos topamos con Baby Horror, con los que ya tengo apalabrada una entrevistilla para la semana que viene y que además el jueves nos desplazamos a una fiesta psychobilly en el Nueva Visión de Malaentraña.