La cabeza de Haydn
20 de Setiembre de 2008Hoy, queridos lectores, les voy a hablar de una fantástica historia de médicos demasiado entregados a su causa, de novedosas y complejas técnicas craneales, de profanaciones de tumbas, decapitaciones y cabezas de genios expuestas en reputados colectivos decimonónicas que se disputan su propiedad… Todo apunta a una nueva novelilla steampunk de gente como Tim Powers, ¿no es cierto? Pues no, mire ud por donde: esta morbosa historia es real como la vida misma, y ocurrió aquí mismo, en el Viejo Continente.
Pero lo mejor es que nos pongamos en situación: el los albores del siglo XIX una nueva ciencia o medicina causaba furor. La Frenología consistía en el estudio de la relación entre el carácter de una persona y la morfología de su cráneo, se remontaba a oscuras teorías aristotélicas y se apoyaba en estudios como los del del pensador suizo Lavater.
Y, claro está, un buen frenólogo que necesitaba material para su objeto de estudio estaba harto de analizar calaveras de ajusticiados, que debían de tener bien desarrollada el área dedicada a la maldad y a las fechorías pero poco espacio para el intelecto y la creatividad. Ellos querían estudiar la cabeza de un genio, diablos, y si el camino hacia esa meta contemplaba la profanación y la exhumación de un cadáver qué le iban a hacer. Todo en pos de la ciencia y el conocimiento.
Música, maestro:
En una terrible noche de 1809 dos personajes de buen parecer se presentan pala y faroles en mano en el
cementerio vienés de Hundsthurm, donde pocos días antes había sido enterrado el maestro compositor Franz Joseph Haydn, considerado padre de la sinfonía, hijo pródigo de Austria y, lo más importante de todo en lo que concierne a esta historia, un absoluto genio de su época. La tarea parece que no fue demasiado agradable, puesto que el cadáver estaba en pleno proceso de descomposición y un fuerte hedor inundaba la escena, pero finalmente la cabeza fue cercenada satisfactoriamente y el cráneo limpiado para su correcto estudio.
Los profanadores y frenólogos aficionados eran Karl Rosenbaum, secretario de la familia empleadora de Haydn, los Esterházy, y el funcionario de prisiones Johann Nepomuk Peter, amigo personal del compositor. Posteriormente, ambos declararon que el área de la calavera dedicada a la música estaba “fuertemente desarrollada”.
Once años después el buen príncipe Nikolaus Esterházy II decidió que había llegado el momento de trasladar los restos del aclamado compositor de la familia a un lugar más digno, junto a sus propios seres queridos en Eisenstadt. Imagínense su sorpresa e indignación cuando le comunicaron que en la exhumación de los restos no se encontró nada en el lugar en que un ser humano suele tener ubicada la cabeza. Todas las sospechas recayeron instantáneamente sobre el dúo frenólogo, y las visitas policiales no se hicieron esperar.
Rosenbaum consevaba el cráneo en una artesanal caja negra de madera en su domicilio, pero fue alertado con la suficiente antelación (benditas sean las logias y círculos cerrados tan comunes en aquel maravilloso siglo) como para poner en práctica el siguiente plan: la preciada posesión fue escondida en la entrepierna de su señora esposa, a la sazón postrada en la cama por enfermedad, el único lugar de su casa que a buen seguro los remilgados oficiales vieneses no iban a registrar. Y ahí tenemos a nuestro genio, en la situación más comprometida de su vida y no-vida juntas.
A la muerte de estos dos científicos entregados -o rufianes de dudosa moralidad, según se mire- la calavera en cuestión fue donada a la Sociedad de Amigos de la Música, donde permaneció más de medio siglo como exhibición permanente y donde los simpáticos miembros de tan selecto club podían incluso manosearla como verdadero objeto de veneración.
Tras la II Guerra Mundial, la aristocrática familia volvió a la carga en el empeño de reclamar de nuevo la reunificación del cuerpo de Haydn, esta vez en un lujoso mausoleo de nueva construcción. Tras varias triquiñuelas por parte de la Sociedad de marras, con una reticencia férrea a entregar su más querido tesoro, finalmente se acordó el descanso en condiciones y el
ensamblamiento de los restos al completo. Así que, estimados lectores, podríamos asegurar que este alma atormentada al fin descansa en paz tras un ajetreo infernal e indigno de tan reputado personaje. Pero podría haber sido peor, y si no miren a Mozart.
Y hasta aquí la lección de historia escabrosa de su buen amigo el Barón Rata. No duden en volver a este destartalado diario a por futuras raciones de truculencia vintage. ¡No pierdan la cabeza hasta entonces!






El resto de las películas, de unos 20-30 minutos cada una, siguen esa tónica de humor estrafalario en situaciones deliciosamente descabelladas, todo ello haciendo uso de unos efectos visuales absolutamente impresionantes y aderezado por música de piano en vivo. Y todas ellas pertenecientes a la segunda mitad de los años 20, dado que a pesar de que su carrera en la animación comenzase alrededor de 1915, Bowers frecuentaba más los cafés que el estudio y fue incialmente expulsado de la industria que décadas después se rendiría a su talento. Tampoco el público del momento respondió demasiado bien a sus descabelladas propuestas, salvo el ya mencionado grupúsculo de intelectuales europeos.
Dice Gómez de la Serna que cuando el diablo actúa como prestidigitador, saca murciélagos de la chistera. Más recientemente, Leopoldo María Panero escribe, en su libro Palabras de un asesino (Libertarias, 1999): “Nada por aquí, nada por allá, como dicen los magos cuando de su sombrero extraen la cabeza agusanada de un muerto.” Portentoso. Cierto que si en lugar de otorgar al fútbol culto de latría, dando cuenta de sus más insignificantes e inanes avatares, los medios de comunicación se dedicaran a seguir los pasos creativos de Panero -pero sin que meta cuchara Sánchez Dragó, por favor- no digo yo que el número de necios fuera a decrecer, pero sí que al menos los aficionados a las cabezas agusanadas y los murciélagos, que somos una minoría respetable, saldríamos del abandono en que yacemos. Mientras se produce el esperado giro hacia una revolución cultural de signo dulcemente tenebroso, he conseguido sin ningún problema que en un documental de la Feria Internacional del Mueble, figure el interiorismo de la película Nosferatu de Murnau (1922) como ejemplo de elegancia, pureza y refinamiento romántico. No me dirán que no es un éxito, además de una prueba de que no todo está perdido. Ahora trato de inducir a una conocida agencia de viajes, a diseñar un Crucero por la Estigia, y estoy haciendo un hueco a los estudiantes de Historia de la Cultura en el Cementerio Municipal, para que puedan realizar sus prácticas. No cejaré hasta conseguir que figure en el nuevo plan de estudios una optativa de Necrología y Funebria. Estas cosas requieren apoyo y compromiso, porque ni el Ministerio ni las Consejerías están dispuestos a reconocer que la muerte es ley de vida y hay que estudiar sus misterios.
Nace en Londres, pero a muy temprana edad se muda a Wapping, una agradable localidad costera de donde recibiría la inspiración para sus posteriores relatos sobrenaturales, muchos de ellos con un trasfondo fantasmal-marítimo que recuerda enormemente al maestro 

siguiente. No desvelaré lo ocurrido después pues mi maldad no llega a tanto. La increible efectividad del relato reside en varios factores: lo directo de su lenguaje, sin irse por las ramas con demasiadas descripciones (como en toda la obra de Jacobs); el brutal contraste entre las situaciones joviales y humorísticos protagonizadas por la familia y los horripilantes acontecimientos acaecidos a posteriori, una vez abierta la puerta a lo sobrenatural. Contribuye también a su eficacia el seco desenlace tras las escasas páginas que abarca el cuento y la incertidumbre sobre si lo ocurrido realmente es a causa de la pata, ya que, aunque todo parece indicar que sí, el lector aún puede asirse hasta el final a un clavo ardiendo y atribuirlo todo a la casualidad o el destino.
